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VATICANO, 24 Dic. 16 / 04:21 pm (ACI).- En la Misa que presidió a las 21:30 horas de Roma en la Basílica de San Pedro, el Papa Francisco explicó el verdadero sentido de la Navidad: “Si queremos celebrar la verdadera Navidad, contemplemos la sencillez frágil de un niño recién nacido, la dulzura al verlo recostado, la ternura de los pañales que lo cubren. Allí está Dios”.

“El Niño que nace nos interpela: nos llama a dejar los engaños de lo efímero para ir a lo esencial, a renunciar a nuestras pretensiones insaciables, a abandonar las insatisfacciones permanentes y la tristeza ante cualquier cosa que siempre nos faltará”, afirmó.

En la homilía que pronunció el Pontífice, también afirmó que “la Navidad tiene sobre todo un sabor de esperanza porque, a pesar de nuestras tinieblas, la luz de Dios resplandece”.

“Su luz suave no da miedo; Dios, enamorado de nosotros, nos atrae con su ternura, naciendo pobre y frágil en medio de nosotros, como uno más”. Dejémonos tocar por la ternura que salva”, invitó el Papa.

A continuación, el texto completo de la homilía del Papa Francisco:

«Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11). Las palabras del apóstol Pablo manifiestan el misterio de esta noche santa: ha aparecido la gracia de Dios, su regalo gratuito; en el Niño que se nos ha dado se hace concreto el amor de Dios para con nosotros.

Es una noche de gloria, esa gloria proclamada por los ángeles en Belén y también por nosotros hoy en todo el mundo. Es una noche de alegría, porque desde hoy y para siempre Dios, el Eterno, el Infinito, es Dios con nosotros: no está lejos, no debemos buscarlo en las órbitas celestes o en una idea mística; es cercano, se ha hecho hombre y no se cansará jamás de nuestra humanidad, que ha hecho suya.

Es una noche de luz: esa luz que, según la profecía de Isaías (cf. 9,1), iluminará a quien camina en tierras de tiniebla, ha aparecido y ha envuelto a los pastores de Belén (cf. Lc 2,9).

Los pastores descubren sencillamente que «un niño nos ha nacido» (Is 9,5) y comprenden que toda esta gloria, toda esta alegría, toda esta luz se concentra en un único punto, en ese signo que el ángel les ha indicado: «Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12).

Este es el signo de siempre para encontrar a Jesús. No sólo entonces, sino también hoy. Si queremos celebrar la verdadera Navidad, contemplemos este signo: la sencillez frágil de un niño recién nacido, la dulzura al verlo recostado, la ternura de los pañales que lo cubren. Allí está Dios.

Con este signo, el Evangelio nos revela una paradoja: habla del emperador, del gobernador, de los grandes de aquel tiempo, pero Dios no se hace presente allí; no aparece en la sala noble de un palacio real, sino en la pobreza de un establo; no en los fastos de la apariencia, sino en la sencillez de la vida; no en el poder, sino en una pequeñez que sorprende.

Y para encontrarlo hay que ir allí, donde él está: es necesario reclinarse, abajarse, hacerse pequeño. El Niño que nace nos interpela: nos llama a dejar los engaños de lo efímero para ir a lo esencial, a renunciar a nuestras pretensiones insaciables, a abandonar las insatisfacciones permanentes y la tristeza ante cualquier cosa que siempre nos faltará. Nos hará bien dejar estas cosas para encontrar de nuevo en la sencillez del Niño Dios la paz, la alegría, el sentido de la vid

Dejémonos interpelar por el Niño en el pesebre, pero dejémonos interpelar también por los niños que, hoy, no están recostados en una cuna ni acariciados por el afecto de una madre ni de un padre, sino que yacen en los escuálidos «pesebres donde se devora su dignidad»: en el refugio subterráneo para escapar de los bombardeos, sobre las aceras de una gran ciudad, en el fondo de una barcaza repleta de emigrantes.

Dejémonos interpelar por los niños a los que no se les deja nacer, por los que lloran porque nadie les sacia su hambre, por los que no tienen en sus manos juguetes, sino armas. ´`´`El misterio de la Navidad, que es luz y alegría, interpela y golpea, porque es al mismo tiempo un misterio de esperanza y de tristeza. Lleva consigo un sabor de tristeza, porque el amor no ha sido acogido, la vida es descartada. Así sucedió a José y a María, que encontraron las puertas cerradas y pusieron a Jesús en un pesebre, «porque no tenían [para ellos] sitio en la posada» (v. 7): Jesús nace rechazado por algunos y en la indiferencia de la mayoría.

También hoy puede darse la misma indiferencia, cuando Navidad es una fiesta donde los protagonistas somos nosotros en vez de él; cuando las luces del comercio arrinconan en la sombra la luz de Dios; cuando nos afanamos por los regalos y permanecemos insensibles ante quien está marginado.

 

Pero la Navidad tiene sobre todo un sabor de esperanza porque, a pesar de nuestras tinieblas, la luz de Dios resplandece. Su luz suave no da miedo; Dios, enamorado de nosotros, nos atrae con su ternura, naciendo pobre y frágil en medio de nosotros, como uno más. Nace en Belén, que significa «casa del pan». Parece que nos quiere decir que nace como pan para nosotros; viene a la vida para darnos su vida; viene a nuestro mundo para traernos su amor. No viene a devorar y a mandar, sino a nutrir y servir.

De este modo hay una línea directa que une el pesebre y la cruz, donde Jesús será pan partido: es la línea directa del amor que se da y nos salva, que da luz a nuestra vida, paz a nuestros corazones.

Lo entendieron, en esa noche, los pastores, que estaban entre los marginados de entonces. Pero ninguno está marginado a los ojos de Dios y fueron justamente ellos los invitados a la Navidad. Quien estaba seguro de sí mismo, autosuficiente se quedó en casa entre sus cosas; los pastores en cambio «fueron corriendo de prisa» (cf. Lc 2,16).

También nosotros dejémonos interpelar y convocar en esta noche por Jesús, vayamos a él con confianza, desde aquello en lo que nos sentimos marginados, desde nuestros límites. Dejémonos tocar por la ternura que salva. Acerquémonos a Dios que se hace cercano, detengámonos a mirar el belén, imaginemos el nacimiento de Jesús: la luz y la paz, la pobreza absoluta y el rechazo.

Entremos en la verdadera Navidad con los pastores, llevemos a Jesús lo que somos, nuestras marginaciones, nuestras heridas no curadas. Así, en Jesús, saborearemos el verdadero espíritu de Navidad: la belleza de ser amados por Dios. Con María y José quedémonos ante el pesebre, ante Jesús que nace como pan para mi vida. Contemplando su amor humilde e infinito, digámosle gracias: gracias, porque has hecho todo esto por mí.

Buenos Aires (AICA): La Conferencia Episcopal Argentina (CEA) expresó hoy sus condolencias por el fallecimiento de monseñor Javier Echevarría, prelado del Opus Dei. El Episcopado agradeció a Dios “por el regalo de su vida, su entrega fecunda y su ministerio en la misión que el Señor le encomendó”, y pidió que “san Josemaría interceda para que pronto les conceda un nuevo pastor de acuerdo al corazón de su Hijo”.

En una carta enviada al vicario general del Opus Dei, monseñor Mariano Fazio, la Conferencia Episcopal Argentina expresó hoy sus condolencias por el fallecimiento de monseñor Javier Echevarría, prelado del Opus Dei.

“Nos unimos a las oraciones de los miembros de la Obra para que el Señor conceda el eterno descanso a monseñor Echevarría y en su corazón misericordioso lo reciba en la Casa del Padre”, dice el documento.

Además, los obispos argentinos agradecieron a Dios “por el regalo de su vida, su entrega fecunda y su ministerio en la misión que el Señor le encomendó”, y solicitaron al vicario general del Opus Dei “que pueda hacer extensivo este saludo a todos los miembros de la Obra y que san Josemaría interceda para que pronto les conceda un nuevo pastor de acuerdo al corazón de su Hijo”.

La carta está firmada por el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) y arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, monseñor José María Arancedo, y por el secretario general de la CEA y obispo de Chascomús, Carlos Humberto Malfa, en nombre de todo el Episcopado argentino.

Misas en la Argentina
Tras el fallecimiento del obispo y prelado del Opus Dei, monseñor Javier Echevarría, ocurrido el 12 de diciembre, se celebraron diversas misas en la Argentina.

Con la numerosa participación de miembros del Opus Dei, en la tarde del jueves 15 de diciembre, se celebró una Eucaristía por el difunto en la catedral metropolitana de Buenos Aires. La misa fue presidida por el presbítero Víctor Urrestarazu, vicario regional del Opus Dei para la Argentina, Paraguay y Bolivia.

También, ese mismo día, a las 20, se celebró otra misa en sufragio por el alma de monseñor Echeverría en la catedral de Mar del Plata.+

Quería agradecer la ayuda de todos aquellos que, por medio de FONSAC, pueden ayudar a la formación inicial y permanente de los sacerdotes.

En mi caso, gracias a FONSAC, en el mes de septiembre, del 19 al 23 de septiembre, pude realizar el VI curso de aggiornamento en Derecho matrimonial canónico en la Universidad de la Santa Croce, en Roma. FONSAC, generosamente, ha costeado el precio de la inscripción en el curso, como así también el alojamiento y movilidad en Roma.

Luego que el papa Francisco, en 2015 modificara el proceso de nulidad matrimonial, es necesario poder adentrarse en las modificaciones sustanciales que el papa ha realizado en el proceso. El VI curso de aggiornamento giro entorno a dichas reformas y su implementación en los tribunales eclesiásticos.

El curso duro toda una semana, de mañana y de tarde. Durante las mañanas diferentes expositores han desarrollado la nueva dinámica de los procesos. Durante las tardes el auditorio se dividía por grupos idiomáticos (español, ingles e italiano) para poder analizar casos prácticos.

El miércoles 21 de septiembre tuvimos la dicha de participar, por la mañana, de la audiencia con el Santo Padre en la Plaza de San Pedro.

Roma ¡caput mundi! Dice un conocido adagio latino. Y pude comprobar que es así. En esta clase de cursos uno encuentra una riqueza muy especial para todos aquellos que se dedican al Derecho canónico. En ellos uno no solo aprende sino que además interactúa con muchas realidades eclesiales, conociendo el funcionamiento de otros tribunales de todo el mundo. Uno se enriquece no solo por el conocimiento sino también por el compartir los diferentes puntos de vista y riquezas que escucha. Uno verdaderamente vive una cultura del encuentro, como nos pide nuestro Santo Padre.

Domingo 11 Dic 2016 | 10:30 am

Ciudad del Vaticano (AICA): “El Señor viene, viene a nuestra vida como liberador, viene a liberarnos de todas las esclavitudes interiores y exteriores. Es Él quien nos indica el camino de la fidelidad, de la paciencia y de la perseverancia porque, a su llegada, nuestra alegría será plena”, expresó hoy el papa Francisco, en sus palabras previas al rezo de la oración mariana del Ángelus. En este tercer domingo de Adviento, el Santo Padre explicó que las lecturas del día nos ofrecen el contexto adecuado para comprender y vivir la alegría de la llegada del Señor. “Esperamos a Jesús, que vino a traer la salvación al mundo, el Mesías prometido, nacido en Belén de la Virgen María y estamos llamados a participar de este júbilo, esta alegría”.

 

“La alegría es el fruto de esta intervención de la salvación y del amor de Dios en nuestras vidas”, resaltó.

El Santo Padre señaló que “no se trata de una alegría superficial o puramente emotiva, ni tampoco es una alegría mundana como la que da el consumismo”.

“Se trata de una alegría más auténtica, de la cual estamos llamados a redescubrir su sabor. Es una alegría que toca lo íntimo de nuestro ser, mientras esperamos a Aquel que ya ha venido a traer la salvación al mundo, el Mesías prometido, nacido en Belén de la Virgen María”.

“Hoy se nos invita -dijo Francisco- a regocijarnos en la inminente venida de nuestro Redentor, y estamos llamados a compartir esta alegría con los demás, dar consuelo y esperanza a los pobres, a los enfermos, a las personas que están solas y a la gente infeliz”, finalizó.

Después del rezo del Ángelus, el Papa saludó a los niños y jóvenes presentes en la Plaza de San Pedro para la tradicional bendición de los “Niños Jesús” del Pesebre, o “Bambinelli”, organizada por los oratorios parroquiales y las escuelas católicas romanas.

“Queridos niños, cuando recen delante del Pesebre con sus padres, pidan al Niño Jesús que les ayude a todos a amar a Dios y al prójimo. Y acuérdense de rezar por mí como yo me acuerdo de rezar por ustedes”, pidió.

Ciudad del Vaticano (AICA): “Con el nacimiento de Jesús en Belén es Dios mismo que toma morada en medio de nosotros para liberarnos del egoísmo, del pecado y de la corrupción”, expresó el papa Francisco este domingo, en sus palabras previas al rezo del Ángelus, desde la ventana del Palacio Apostólico y ante los miles de fieles que colmaban la plaza de san Pedro para rezar con el pontífice en este segundo domingo de Adviento.

Francisco, reflexionó sobre las lecturas del Evangelio del día, en las que se lee la invitación de Juan: “¡Conviértanse porque el reino de los cielos está cerca!"

El Papa explicó que “se trata de un anuncio gozoso: viene el reino de Dios, es más, está cerca, está en medio de nosotros”. “Este es el mensaje central de toda misión cristiana”, añadió.

Francisco se preguntó: “¿Qué es esto del reino de los cielos?”. “Pensamos rápidamente en algo que respecta al más allá: la vida eterna. Cierto, el reino de Dios se extenderá sin fin más allá de la vida terrena, pero la hermosa noticia que Jesús nos lleva es que el reino de Dios no debemos esperarlo en el futuro: se acercó, de alguna manera está presente y podemos experimentar hasta ahora la potencia espiritual”.

“Dios viene a establecer su señorío en nuestra historia, en nuestra vida de cada día; y allá donde es recibido con fe y humildad germinan el amor, la alegría y la paz”.

“Que la Virgen María nos ayude a prepararnos al encuentro con este Amor cada vez más grande que en la noche de Navidad se hizo pequeño, como una semilla caída en la tierra, la semilla del reino de Dios”, concluyó el pontífice su reflexión. +

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