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Estimado Hernan,


Muchisimas gracias por tu mensaje. Espero que hayas tenido una feliz Navidad y buen inicio de Año. La certeza de la presencia del Señor tan cerca de nuestras vidas es fuente renovadora de esperanza. Mis buenos deseos se extienden a todos los miembros de FONSAC.

A lo largo de estos tres años he estado escribiendo algunas cartas de agradecimiento a los benefactores, las cuales han llegado por medio de la Universidad de la Santa Cruz. Ahora tengo la posibilidad, conociendo el nombre del presidente de FONSAC, de realizar un agradecimiento mas personal.

He estado en Roma tres años y medio, durante los cuales he realizado la licenciatura en Teología Moral, y convalidado una licenciatura en Filosofía, la cual la realice en San Luis. Luego de haber finalizado mis estudios filosóficos, a mi obispo le parecio oportuno continuar con el Doctorado en Filosofía. Lo cual me permitiría brindar un servicio académico mas completo en nuestro Seminario San Miguel Arcángel, como así también en la Universidad Católica de Cuyo.

Gran parte del año 2016 he estado de regreso en San Luis, tomando un descanso de los estudios, para reencontrarme con mi familia, amigos y compartir con mi Diócesis lo vivido durante mis años de estudio en Roma. Conservo memorias maravillosas, las cuales fui compartiendo con los fieles, tanto en las meditaciones, homilias, charlas, como en las clases en el Seminario y en la Universidad.

A mediados de diciembre del 2016, he regresado a Roma para completar mi doctorado. Con la ayuda de Dios espero poder hacerlo a fines de este año. En estos momentos estoy terminando mi estadia en Londres, he venido para ayudar en la parroquia Our Lady Queen of Peace en East Sheen y ademas de colaborar escuchando confesiones en la Catedral de Westminster.


Nuevamente renuevo mi agradecimiento por la ayuda que me han brindado a lo largo de estos años, prometo tenerlos presentes en mis oraciones como asi difundir la labor de FONSAC.

                        Dios y la Virgen los bendigan.

Ciudad del Vaticano (AICA): “La palabra es un don. El otro es un don”, es el tema del Mensaje del papa Francisco para la Cuaresma que fue presentado esta mañana en la Oficina de Prensa de la Santa Sede. Centrado en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro, el Santo Padre llamó a encontrar en el relato “la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una verdadera conversión”. La Cuaresma comienza el próximo 1 de marzo, Miércoles de Ceniza.

Se presentó hoy en la Oficina de Prensa de la Santa Sede el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2017, que se centra en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro, y recuerda que el tiempo de Cuaresma “es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: La Pascua de resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte”.

En este tiempo, destaca Francisco, “recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios ‘de todo corazón’, a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor”.

El Papa pide aprovechar el tiempo de Cuaresma para “intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna”.

“En la base de todo está la Palabra de Dios”, sostiene el pontífice, “que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia”, y explica que “el otro es un don” a quien debemos abrir la puerta de nuestro corazón.

Francisco hace hincapié también en que “el pecado nos ciega”, aseverando que “la codicia es la raíz de todos los males”, y el dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico, sometiéndonos a una lógica egoísta que “no deja lugar al amor e impide la paz”.

“El Evangelio del rico y el pobre Lázaro nos ayuda a prepararnos bien para la Pascua que se acerca”, explica el Papa. “La liturgia del Miércoles de Ceniza nos invita a vivir una experiencia semejante a la que el rico ha vivido de manera muy dramática”, asegura y agrega que “la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo”.

“La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano”, concluye, invitando a los fieles a renovar su espíritu participando de las numerosas campañas de Cuaresma que se promueven en el mundo, para fomentar la cultura del encuentro en la única familia humana, y rezando unos por otros “para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua”.+

Queridos amigos de FONSAC:

Mi experiencia formativa en Roma va concluyendo, pero todavía hoy, después de un año y medio aquí, sigo descubriendo maravillas que ofrece la Ciudad Eterna.
Vine a estudiar Liturgia a la Santa Croce en Roma, y estoy muy contento con ello, pero a la vez voy aprendiendo Roma, como decía san Juan Pablo II.
Verdaderamente percibo cómo mi corazón sacerdotal se va formando en la gran catolicidad de la Iglesia. Sólo cuento una experiencia: hace poco participé de un concierto navideño organizado por todos los colegios sacerdotales orientales de Roma. Jóvenes sacerdotes como yo, cantaban en sus lenguas propias: ucraniano, ruso, rumano, árabe, arameo, etc. La mayoría de los cantos no los entendía, por sí que me daba cuenta a Quién le cantaban y por qué.
Usando nuevamente palabras del Santo Papa polaco, doy gracias a Dios por empezar a respirar con los dos pulmones de la única Iglesia de Cristo, oriental y occidental.

Dios los bendiga.
P. Jonatan.

Ciudad del Vaticano (AICA): “Nosotros formamos parte de un cuerpo que es la Iglesia, y estamos llamados a sostenernos mutuamente en la esperanza”, expresó el papa Francisco esta mañana, durante la audiencia general que celebró en el Aula Pablo VI del Vaticano. Continuando con su catequesis sobre la esperanza el pontífice leyó la Carta de Pablo a los Tesalonicenses, reflexionando este miércoles sobre “la dimensión comunitaria y eclesial de la esperanza cristiana”.

 

Señaló así que “la esperanza, para alimentarse, tiene necesidad de un ‘cuerpo’, en el que todos los miembros se sostienen y se animan”, “De aquí la necesidad -prosiguió Francisco- de rezar unos por otros, en especial por aquellos que tienen una responsabilidad o se encuentran en dificultad”.

Recordó también que “muchos hermanos nuestros nos enseñan a esperar y a mantener viva la esperanza. Los pobres y los humildes nos dan un gran testimonio de esto, porque experimentan cada día muchas pruebas, pero saben que más allá de la tristeza está el Señor, que es rico en misericordia y en paz”.

La caridad con los débiles, los pobres, los marginados, en definitiva, la caridad con los últimos de la sociedad, es lo que sostiene la esperanza cristiana.

Esa caridad implica perdonar toda ofensa, responder con el perdón a todo agravio porque, según afirmó: “el cristiano nunca puede decir, ‘me la pagarás’. ¡Nunca! Ese no es un gesto cristiano. La ofensa se vence con el perdón”.

El Pontífice explicó que aquellos, dentro de la comunidad cristiana, a los que se les han encargado la responsabilidad y la dirección pastoral, “son los primeros en estar llamados a alimentar la esperanza, y esto no porque sean mejores que los demás, sino en virtud de un ministerio divino que va más allá de sus fuerzas”.

“Por ese motivo, tienen más que nadie necesidad del respeto, la comprensión y la ayuda benévola de todos”.

En su carta, continuó el Santo Padre, San Pablo centra la atención también “en los hermanos que están en mayor riesgo de perder la esperanza, de caer en la desesperación. Se refiere a los que están desanimados, a los débiles, a los que se sienten derribados por el peso de la vida y de sus pecados, y que ya no son capaces de levantarse”.

“En esos casos, la cercanía y el calor de toda la Iglesia deben ser incluso más intensos, y deben asumir la forma más exquisita de la compasión, del reconforto y de la consolación”.

En este sentido, el Santo Padre resaltó que “la compasión no es solo ‘piedad’. La compasión es sufrir con el otro, acercarme a aquellos que sufren. Una palabra, una caricia que procede del corazón”.

“La esperanza cristiana no puede prescindir de la caridad concreta y genuina”, recordó. Además, se refirió a la obligación de los cristianos de ofrecerse a los más necesitados para aliviar sus cargas sin esperar nada a cambio.

“El mismo Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Romanos, afirma con la mano en el corazón: ‘Nosotros, que somos fuertes, tenemos el deber de portar la enfermedad de los débiles, sin compadecernos de nosotros mismos’”.

“Este testimonio no puede permanecer cerrado dentro de los confines de la comunidad cristiana: resuena con todo su vigor también fuera, en el contexto social y civil, como llamado a no construir muros, sino puentes, a no combatir el mal con el mal, a vencer el mal con el bien, la ofensa con el perdón, a vivir en paz con todos. ¡Esa es la Iglesia! Y en eso consiste la esperanza cristiana cuando asume los rasgos de fortaleza, y al mismo tiempo tiernos, del amor”.+

VATICANO, 24 Dic. 16 / 04:21 pm (ACI).- En la Misa que presidió a las 21:30 horas de Roma en la Basílica de San Pedro, el Papa Francisco explicó el verdadero sentido de la Navidad: “Si queremos celebrar la verdadera Navidad, contemplemos la sencillez frágil de un niño recién nacido, la dulzura al verlo recostado, la ternura de los pañales que lo cubren. Allí está Dios”.

“El Niño que nace nos interpela: nos llama a dejar los engaños de lo efímero para ir a lo esencial, a renunciar a nuestras pretensiones insaciables, a abandonar las insatisfacciones permanentes y la tristeza ante cualquier cosa que siempre nos faltará”, afirmó.

En la homilía que pronunció el Pontífice, también afirmó que “la Navidad tiene sobre todo un sabor de esperanza porque, a pesar de nuestras tinieblas, la luz de Dios resplandece”.

“Su luz suave no da miedo; Dios, enamorado de nosotros, nos atrae con su ternura, naciendo pobre y frágil en medio de nosotros, como uno más”. Dejémonos tocar por la ternura que salva”, invitó el Papa.

A continuación, el texto completo de la homilía del Papa Francisco:

«Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11). Las palabras del apóstol Pablo manifiestan el misterio de esta noche santa: ha aparecido la gracia de Dios, su regalo gratuito; en el Niño que se nos ha dado se hace concreto el amor de Dios para con nosotros.

Es una noche de gloria, esa gloria proclamada por los ángeles en Belén y también por nosotros hoy en todo el mundo. Es una noche de alegría, porque desde hoy y para siempre Dios, el Eterno, el Infinito, es Dios con nosotros: no está lejos, no debemos buscarlo en las órbitas celestes o en una idea mística; es cercano, se ha hecho hombre y no se cansará jamás de nuestra humanidad, que ha hecho suya.

Es una noche de luz: esa luz que, según la profecía de Isaías (cf. 9,1), iluminará a quien camina en tierras de tiniebla, ha aparecido y ha envuelto a los pastores de Belén (cf. Lc 2,9).

Los pastores descubren sencillamente que «un niño nos ha nacido» (Is 9,5) y comprenden que toda esta gloria, toda esta alegría, toda esta luz se concentra en un único punto, en ese signo que el ángel les ha indicado: «Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12).

Este es el signo de siempre para encontrar a Jesús. No sólo entonces, sino también hoy. Si queremos celebrar la verdadera Navidad, contemplemos este signo: la sencillez frágil de un niño recién nacido, la dulzura al verlo recostado, la ternura de los pañales que lo cubren. Allí está Dios.

Con este signo, el Evangelio nos revela una paradoja: habla del emperador, del gobernador, de los grandes de aquel tiempo, pero Dios no se hace presente allí; no aparece en la sala noble de un palacio real, sino en la pobreza de un establo; no en los fastos de la apariencia, sino en la sencillez de la vida; no en el poder, sino en una pequeñez que sorprende.

Y para encontrarlo hay que ir allí, donde él está: es necesario reclinarse, abajarse, hacerse pequeño. El Niño que nace nos interpela: nos llama a dejar los engaños de lo efímero para ir a lo esencial, a renunciar a nuestras pretensiones insaciables, a abandonar las insatisfacciones permanentes y la tristeza ante cualquier cosa que siempre nos faltará. Nos hará bien dejar estas cosas para encontrar de nuevo en la sencillez del Niño Dios la paz, la alegría, el sentido de la vid

Dejémonos interpelar por el Niño en el pesebre, pero dejémonos interpelar también por los niños que, hoy, no están recostados en una cuna ni acariciados por el afecto de una madre ni de un padre, sino que yacen en los escuálidos «pesebres donde se devora su dignidad»: en el refugio subterráneo para escapar de los bombardeos, sobre las aceras de una gran ciudad, en el fondo de una barcaza repleta de emigrantes.

Dejémonos interpelar por los niños a los que no se les deja nacer, por los que lloran porque nadie les sacia su hambre, por los que no tienen en sus manos juguetes, sino armas. ´`´`El misterio de la Navidad, que es luz y alegría, interpela y golpea, porque es al mismo tiempo un misterio de esperanza y de tristeza. Lleva consigo un sabor de tristeza, porque el amor no ha sido acogido, la vida es descartada. Así sucedió a José y a María, que encontraron las puertas cerradas y pusieron a Jesús en un pesebre, «porque no tenían [para ellos] sitio en la posada» (v. 7): Jesús nace rechazado por algunos y en la indiferencia de la mayoría.

También hoy puede darse la misma indiferencia, cuando Navidad es una fiesta donde los protagonistas somos nosotros en vez de él; cuando las luces del comercio arrinconan en la sombra la luz de Dios; cuando nos afanamos por los regalos y permanecemos insensibles ante quien está marginado.

 

Pero la Navidad tiene sobre todo un sabor de esperanza porque, a pesar de nuestras tinieblas, la luz de Dios resplandece. Su luz suave no da miedo; Dios, enamorado de nosotros, nos atrae con su ternura, naciendo pobre y frágil en medio de nosotros, como uno más. Nace en Belén, que significa «casa del pan». Parece que nos quiere decir que nace como pan para nosotros; viene a la vida para darnos su vida; viene a nuestro mundo para traernos su amor. No viene a devorar y a mandar, sino a nutrir y servir.

De este modo hay una línea directa que une el pesebre y la cruz, donde Jesús será pan partido: es la línea directa del amor que se da y nos salva, que da luz a nuestra vida, paz a nuestros corazones.

Lo entendieron, en esa noche, los pastores, que estaban entre los marginados de entonces. Pero ninguno está marginado a los ojos de Dios y fueron justamente ellos los invitados a la Navidad. Quien estaba seguro de sí mismo, autosuficiente se quedó en casa entre sus cosas; los pastores en cambio «fueron corriendo de prisa» (cf. Lc 2,16).

También nosotros dejémonos interpelar y convocar en esta noche por Jesús, vayamos a él con confianza, desde aquello en lo que nos sentimos marginados, desde nuestros límites. Dejémonos tocar por la ternura que salva. Acerquémonos a Dios que se hace cercano, detengámonos a mirar el belén, imaginemos el nacimiento de Jesús: la luz y la paz, la pobreza absoluta y el rechazo.

Entremos en la verdadera Navidad con los pastores, llevemos a Jesús lo que somos, nuestras marginaciones, nuestras heridas no curadas. Así, en Jesús, saborearemos el verdadero espíritu de Navidad: la belleza de ser amados por Dios. Con María y José quedémonos ante el pesebre, ante Jesús que nace como pan para mi vida. Contemplando su amor humilde e infinito, digámosle gracias: gracias, porque has hecho todo esto por mí.

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