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Jorge Mario Bergoglio –ahora Papa Francisco– nació en Buenos Aires el 17 de diciembre de 1936, hijo de inmigrantes italianos. Con cariño y gratitud en su 81 cumpleaños, reproducimos una breve descripción de su juventud, escrita por Mons. Mariano Fazio en el libro “El Papa Francisco. Claves de su pensamiento” (Ediciones Rialp).

«El siguiente texto está basado en un libro que escribí en 2013 con un convencimiento personal de la necesidad de hacer conocer las raíces espirituales del Papa Francisco y contribuir a un mejor conocimiento de su personalidad. Tengo la fortuna de tratar al Cardenal Begoglio con bastante asiduidad desde el año 2000. Con motivo de su 81 cumpleaños el 17 de diciembre, espero inspirar cariño y oraciones por el Papa a todos los que lleguen a leer estas líneas» (Mariano Fazio).

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Su lema papal “Miserando atque eligendo” tiene necesidad de una explicación. Su significado no es tan obvio como el de Benedicto XVI “Cooperadores de la Verdad” ni, una vez entendido el contexto mariano en el que surge, el de san Juan Pablo II: “Totus Tuus”.

Cuando pregunté a un compatriota qué significaba el lema, me contestó con un “Creo que es algo de los jesuitas”. Una vez más comprobé que la mayoría de los argentinos somos incapaces de responder con un simple y humilde “no sé” a una pregunta de la que ignoramos la respuesta.

Más luz me dio un artículo publicado en L’Osservatore Romano y firmado por el teólogo Inos Biffi. Allí se explica que la frase está tomada de una homilía de san Beda el Venerable dedicada a la vocación de Mateo. Recordemos que el futuro autor del primer evangelio se dedicaba a la recaudación de impuestos: es decir, un colaboracionista con el poder imperial invasor, y, por tanto, un pecado a los ojos de los judíos. Escribe Biffi: “Beda –haciendo repetidamente referencia a Pablo con su afirmación de que Cristo “ha venido a este mundo a salvar a los pecadores”, de los cuales él se proclama el primero- se detiene con insistencia en toda esa homilía marcada por el tiempo de Cuaresma sobre el elogio de la misericordia divina, y sobre la “confianza de salvación”, que lo pecadores deben nutrir.

Y exactamente a este punto se refieren las palabras que componen el lema del Papa Francisco: “Vio Jesús a un hombre, llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme” (Mateo 9, 9). Vio no tanto con la mirada de los ojos del cuerpo, sino con la de la bondad interior. Vio a un publicano y, como lo miró con amor misericordioso en vistas a su elección, le dijo: “Sígueme”. Le dijo “sígueme”, es decir, imítame. Sígueme, dijo, no tanto con el movimiento de los pies, cuanto con la práctica de la vida. En efecto, “quien dice que permanece en Él debe caminar como Él caminó” (1 Juan 2, 6).” (L’Osservatore Romano, ed. Esp., 15.III.2013).

“Lo miró con amor misericordioso en vistas a su elección.” Es algo aplicable a todas las almas: el Señor nos eligió desde antes de la constitución del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia (cfr. Efesios 1,4)

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